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Hoy, cuando cumplo 50 años como Director del diario, y 67 años de ejercicio como periodista recojo parte de mis recuerdos personales. En estas líneas quería limitarme sólo a los últimos 50 años, que se iniciaron cuando mi padre, Miguel González Navarro, el 15 de agosto de 1955, me hizo entrega del cargo que él había ejercido durante 40 años. Pero creo necesario retroceder un poco más.

El niño y el periódico
Tengo que remontarme, primero, mucho más atrás, al día 14 de julio de 1920. No hay dudas en que el primer ruido que escucharon ese día mis oídos, al nacer, junto a la tierna voz de mi madre, Herminia Valenzuela Caviedes, y el feliz saludo de mi padre, Miguel González Navarro, fue el fuerte y acompasado de una vieja máquina que en ese mismo momento estaba imprimiendo el periódico de cada día, “La Semana”, que se transformaría después en “El Rancagüino”. La casa habitación y el galpón de la prensa estaban en una sola casona colonial, de media cuadra de largo, ubicada en pleno centro de Rancagua, en calle Independencia 539 (el mismo lugar en que hoy existe un moderno edificio con una prestigiada tienda). El dormitorio y la sala de máquinas estaban separados sólo por una muralla tabique de adobes.
En aquella época, los bebés llegaban directamente a sus casas, ya que no existían las Maternidades. Una matrona, esa vez doña Sara Covarrubias, portadora de un gordo maletín, llegó a disponer lo que había que hacer en la casa para recibir a la criatura que se anunciaba.
La Prensa, una “Marinoni”, plana, de pliegos tamaño,poseía un enorme volante, que se daba vueltas a mano, con la fuerza de dos hombres que se alternaban. (Sólo unos años después se le aplicó un motor eléctrico). Sus dos bielas y el ruido con golpes acompasados, cada vez que el carro portapáginas pasaba bajo el gran rodillo, recordaban a una locomotora a vapor.
Por lo tanto es auténtico que el primer ruido que escuché y con el que acostumbraba días y semanas más tarde a dormirme arrullado por la prensa y el canto de mi madre.

Despertar de una vocación
Mis primeros juegos se desarrollaron siempre en el interior de la imprenta. Cuando ya tuve un hermanito, Raúl, jugábamos juntos entre maquinarias, chibaletes y fardos de papel. Las máquinas me fueron familiares desde que tengo recuerdos. Los periodistas, los “maestros” de la tipografía, de las prensas, de la encuadernación, fueron mis amigos. Con ellos ensayé mis primeros diálogos curiosos y de algunos aprendí una que otra palabrota.
Algunas frases me indujeron a erradas interpretaciones, como aquella que estaba escrita en gruesos caracteres en el taller de tipografía, en un gran papel pegado en las murallas: “¡Guerra a los pasteles!”… lo que me hacía comer pasteles en forma temerosa, hasta que aprendí que un “pastel” era la caída y consiguiente enredo de los “tipos”, esas pequeñas piezas metálicas que servían de molde a cada letra. Un pastel era desastroso, especialmente si se producía cuando ya el periódico tenía que ir a la prensa.
Más de una vez presencié la peor de las catástrofes: la caída de una página completa que pasaba a convertirse en miles y miles de pequeños trocitos metálicos que después costaba varios días volver a ordenar. Cuando eso ocurrìa, no cabía otra cosa que poner a todos los tipógrafos a “parar clavos”, como se decía, con la mayor rapidez posible para armar una nueva página, lo que no evitaba, de todos modos el atraso en horas de la salida del diario.


La lectura y la noticia
Aprendí a leer en las páginas de los diarios y revistas antes que en las del Silabario Matte. Allí, en esos periódicos impresos, con cinco años de edad, mi madre me enseñó a reconocer, en primer lugar, la letra “o”, redondita y fácil de ubicar. Después aprendía la “i”, fácil de reconocer como un palito con un puntito arriba.
Cuando llegué al Kindergarten, que dirigía el Hermano Claudio, en el Instituto O’Higgins, el querido profesor marista se extrañó de que supiera leer y que escribía todas las letras. Me nombró como una especie de ayudante para que con un puntero de madera en la mano, le colaborara enseñándoles a varios compañeros las letras que estaban impresas en grandes cartones que colgaban de las murallas.
Ya en el colegio, llevaba a veces un recorte de diario para mostrar a mis compañeros alguna noticia que consideraba importante. Así aprendí el valor de la noticia impresa, capaz de circular y de permanecer en el tiempo.
En las tardes, a la salida de clases, después de hacer las tareas (a ello me obligaba mi madre), me instalaba en el taller de la imprenta para “ayudar” en la tarea de intercalar unas hojas dentro de otras, ya que en aquel tiempo la prensa entregaba los pliegos impresos sin doblar ni cortar.

Repartidor de diarios
Poco después tuve mi primer trabajo “pagado”, como “repartidor de diarios” a los suscriptores. Mi recorrido comenzaba desde la calle O’Carrrol, por Campos hasta Millán, donde terminaba Rancagua. Atravesaba la línea del tren de la Braden para dejar el diario al suscriptor más alejado: don Carlos Ugarte, dueño del Fundo El Puente (donde hoy está la Casa de la Cultura). Esa hermosa casa en medio de un gran parque, quedaba fuera de la ciudad. Llegar hasta tan lejos tenía su recompensa, ya que la mayoría de las veces me recibía el diario Elsita Ugarte, agraciada muchachita de mi edad (10 años), de largas trenzas negras, a la que saludaba con un tímido “buenas tardes”, para recibir a cambio una sonrisa y las “gracias”.
Luego recorría alternadamente Estado, Alcázar, Almarza, Zañartu, Ibieta, hasta Germán Riesco, llegando por el oriente hasta el límite de Rancagua: Freire, que era un estrecho camino de tierra, por donde en el invierno era difícil pasar por el barro y los continuos desbordes del canal llamado “la acequia grande”, cuyas aguas rebalsaban el cerco de zarzamoras para formar charcos, o, en casos más grandes, lanzarse hacia las calles de la ciudad para inundarlas.
Por aquel tiempo pasó un periodista santiaguino de visita al diario y, al parecer, le llamó la atención ver en un pasillo a dos muchachitos de unos 9 a 10 años, leyendo embelesados “La Semana”. Nos tomó una fotografía. Días más tarde pude ver por primera vez una foto mía publicada en la revista juvenil “Don Fausto”, junto a mi hermano Raúl, leyendo el diario. El periodista había colocado una leyenda en la que junto con dar nuestros nombres, decía que éramos “hijitos del director de “La Semana”, que ya se están preparando para llegar a corregir los editoriales del papá…”
Poco tiempo después me convertí en solapado colaborador de “El Peneca”, mi revista favorita. Por primera vez, a los 10 años de edad vi publicada una “poesía” mía, con un extraño seudónimo inventado. Después envié otras colaboraciones tanto a “El Peneca” como a “Don Fausto”, que se publicaron todas bajo seudónimos distintos de los que ni siquiera me acuerdo.

Corresponsal escolar
No sé cómo, de repente, me convertí en “corresponsal escolar”… Primero desde el Instituto O’Higgins y después desde el Liceo de Hombres, llevaba noticias al periódico que los periodistas se encargaban de redactar. Esta situación se prolongó hasta mi egreso de la enseñanza secundaria. En las vacaciones me daban algunas “tareas” periodísticas mínimas, como ir a copiar los datos de nacimientos y defunciones en el Registro Civil, las listas de cheques de pagos en la Tesorería etc. Más tarde me dieron otras tareas más importantes, como copiar partes policiales en la Primera Comisaría, que los redactores convertían en noticias mucho más extensas, haciendo uso de una fértil imaginación. Lo más agradable era ir a buscar la cartelera de los cines lo que me permitía quedarme a ver alguna película, con la debida autorización de sus administradores.

El diario propio
El más preciado de los regalos de mi padre lo recibimos junto a mi hermano Raúl en unas vacaciones, cuando yo tenía unos once años de edad: dos cajas con tipos (auténticos), más una pequeña prensa, un componedor y un tarrito con tinta. Elementos todos, mínimos, indispensables, que nos permitían confeccionar nuestro propio diario” impreso, en una auténtica imprenta de verdad. Eso reemplazó uno que yo confeccionaba, de vez en cuando, escrito a mano en hojas de cuadernos dobladas, con noticias de la familia. Ese primer periódico propio se llamó “El Cometa” y fue de circulación estrictamente familiar.
Aprender tipografía y prensas me abrió grandes horizontes y me interesó años más tarde para aprender el exacto funcionamiento de todo el Taller de Imprenta.

Perseguido por la justicia
Años más tarde, cuando yo estaba en el Tercer Año de Humanidades en el Liceo de Hombres (actual Oscar Castro), resucité “El Cometa”, tamaño revista, de 8 páginas, con noticias estudiantiles y balbuceos literarios.
Esta aventura periodística terminó bruscamente cuando un carabinero llegó a hablar con el Director del Liceo, don Aníbal Hidalgo Sanhueza, para que me hiciera entrega de una citación judicial del Primer Juzgado del Crimen “por infracción a la Ley sobre Abusos de Publicidad”.
Acompañado de mi padre y muerto de susto, llegué ante el Juez, don José Miguel Alzérreca, quien no pudo evitar la risa al ver al “infractor” presunto delincuente. El crimen que me imputaban era no haber cumplido trámites burocráticos para que me autorizaran el periódico. Tenía que haber dado cuenta a las autoridades de la aparición de ese nuevo periódico. Fui amonestado suavemente y condenado a una multa “con pago diferido”, sin plazo, que, para ser verdad, nunca me la cobraron y nunca la pagué. Espero que la pena haya prescrito. Desde ese momento me declaré enemigo irreductible de toda ley que prohíba o restrinja la libertad de prensa, de expresión y de información.
Mi debut como periodista y editor independiente terminó así, ya que no me atreví a seguir editando revistas propias. Felizmente la justicia no logró apagar mi vocación y, por el contrario, me hizo descubrir que hay algo muy grande y anhelado, que forma parte de los Derechos Humanos y que se llama la Libertad de Prensa” por la cual he luchado y lucharé hasta el último día de mi vida.

 
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