Saliendo de la Moneda junto a la directiva de la Asociación Nacional de la Prensa
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Sin lugar a dudas, la profesión de periodista me ha deparado también la oportunidad de poder conocer y conversar con grandes personajes del mundo, entre ellos, Reinas, Reyes y Presidentes. Cada una de esas ocasiones dejó recuerdos permanentes en mi vida.
En esta hora de recuentos, al cumplir 67 años de ejercicio activo e ininterrumpido en mi profesión, no puedo dejar de evocar a algunos de esas grandes mujeres y grandes hombres que han tenido en sus manos los destinos de sus respectivos países a quienes, en algún momento, tuve el privilegio de saludar y conversar con ellos.

Isabel II de Gran Bretaña
Debo recordar, en primer lugar, a la Reina Isabel II de Gran Bretaña, en su inolvidable visita a Chile acompañada de su esposo, el Príncipe Felipe. En aquel entonces, relaté en una extensa crónica en “El Rancagüino”, mi breve conversación con la Reina primero y con el Príncipe enseguida.
La pareja real se alojó en el Hotel Carrera de Santiago y la primera actividad de la Reina fue la de recibir, en uno de los salones, a un grupo de periodistas de diferentes diarios chilenos. Se trataba de un grupo de aproximadamente 25 profesionales, la gran mayoría de Santiago, que fueron invitados por medio de una elegante tarjeta de bordes dorados y con el escudo real también dorado. Tuve la suerte y el honor de ser uno de los escogidos, como Director de mi diario.
Como no se trataba de una “conferencia de Prensa”, se nos explicó previamente el protocolo de la entrevista que indicaba que a la Reina no se le podía formular preguntas. Pero que ella saludaría a cada uno (estaríamos todos en un semicírculo) y luego se acercaría para conversar brevemente con algunos. Lo totalmente inesperado y emocionante para mí fue que la Reina se acercara adonde yo estaba y comenzara a preguntarme a qué diario representaba, qué carácter tenía ese diario, cuál era la ciudad donde estaba, qué caracterizaba a Rancagua y otros detalles, a todo lo cual yo respondía a través del intérprete de Su Majestad.
Conversó enseguida, igualmente con unos cinco o seis colegas y después que fue servida una copa de champaña (que ella apenas probó) se excusó por tener que retirarse. Todos lo comprendimos, puesto que estaba recién llegada de un largo viaje hasta nuestro país y debería descansar antes de continuar con el programa de festejos oficiales que se le tenía preparado.
El Príncipe Felipe se quedó una media hora más, y conversó, ya en forma distendida, recorriendo los pequeños grupos que se formaron, mientras era servido el champaña y algunos canapés. Cuando habló conmigo le conté que Rancagua era el centro de uno de los minerales de cobre más grande del mundo, “El Teniente”, ubicado en una pintoresca ciudad, Sewell, sin calles ni vehículos, por la que se circulaba a través de escaleras. Se manifestó admirado y manifestó su deseo de conocerla. Y cumplió ese deseo, ya que el Gobierno y la Braden Copper Company le organizaron rápidamente una visita a la mina, que cumplió en un día en que la Reina tenía otro tipo de actividades protocolares.
Cuando después me preguntaban qué me pareció la Reina, resumía mis respuestas respondiendo que: ¡Chabelita es hermosa y simpática!...

Presidente Kennedy
También tuve oportunidad de saludar y conversar brevemente con el Presidente John Kennedy, en la Cena de Honor que la Sociedad Interamericana de Prensa le ofreció en el Americana Hotel de Miami Beach, en 1963, ¡justamente cuatro días antes de que el querido Mandatario norteamericano fuera asesinado en Dallas!...
En una larga crónica en “El Rancagüino” detallé en su oportunidad esa “Última Cena”, incluyendo hasta el Menú que fue servido y comentando que la opinión general de todos los que lo conocimos fue que se trataba de un hombre extraordinariamente simpático y carismático.
Cuando, en medio de una sesión, fuimos impactados por la increíble noticia de su asesinato, concurrimos de inmediato a una Iglesia cercana a rezar por su alma y con inmenso pesar a sus funerales en Washington.

Con el Presidente De Gaulle
No necesité viajar a Francia para conocer de cerca al héroe de la resistencia francesa de la Segunda Guerra Mundial, Presidente de la República de Francia, General Charles De Gaulle, por quien sentí siempre una gran admiración.
El General De Gaulle, como se recuerda, visitó Rancagua con ocasión de la celebración del Sesquicentenario de la Batalla, el 2 de octubre de 1964. Lo acompañó el Presidente Jorge Alessandri.
De Gaulle, contra el protocolo, se vino caminando desde la Alameda, a lo largo de la calle Estado, saludando de mano a la gente, hasta la Plazoleta de la Iglesia de La Merced, en donde se realizó del homenaje a los caídos en la batalla y luego hasta la Plaza, en donde el Museo de la Patria Vieja (actual Museo Regional), que en ese entonces estaba a mi cargo como Director, instaló la maqueta de la batalla que había confeccionado el artista Germán Ruz. Me correspondió explicarle en la maqueta el desarrollo de la batalla, que De Gaulle conocía perfectamente a través de libros de historia de Chile. De Gaulle impresionaba por su recia contextura y su porte de más de un metro 80.
No sólo era un gran hombre, sino también un hombre grande.


Con Juan Antonio Ríos Y una fusta en la mano
El Presidente don Juan António Ríos, que había sucedido a don Pedro Aguirre Cerda después de su lamentado fallecimiento. En aquel entonces no era muy difícil obtener audiencias con el Presidente.
Don Juan Antonio me recibió un mediodía en su despacho en el Palacio de La Moneda, impresionándome su imponente y maciza figura física. Me había concedido una entrevista periodística para “El Rancagüino” cuyo pretexto era el de entregarle un regalo muy especial.
Se trataba de una fusta con adornos de plata, que había sido confeccionada por un reo en la Cárcel de Rancagua. A ese reo lo conocí durante un reportaje que me tocó hacer a ese establecimiento penal, que ya tenía problemas de atochamiento de reos. El preso me había contado su triste historia. Luego me dió una hermosa fusta pidiéndome que se la entregara a la artista argentina Libertad Lamarque, de la que era gran admirador, y que días más tarde cantaría en Rancagua. Accedí al encargo y aproveché la visita que la gran cantante de tangos realizó a “El Rancagüino”, para entregarle la fusta que la encontró preciosa. Amablemente, me entregó una foto suya, autografiada, para dársela al reo.
Cumplido el encargo, volví a la cárcel a darle cuenta al reo, y contarle de los agradecimientos de la artista. Entonces, me pidió otro favor: que le llevara una fusta igual al Presidente de la República, le hablara de su condición de reo y le pidiera su indulto.
Juan Antonio Ríos recibió el regalo, lo encontró muy bonito
y se interesó por la historia del detenido. La entrega del regalo fue fotografiada por los periodistas de Moneda que después recalcaron la frase con que la recibió: “¡Esto me podría servir para fustigar a ciertos políticos!”…
En resumen: le concedió el indulto al reo, tal como se lo pedí. Sin embargo, un par de años más tarde el mismo hombre volvió a caer a la cárcel por otro grave delito. No lo vi nunca más.

 
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